martes, 14 de agosto de 2012

primavera sound

viernes, 18 de noviembre de 2011

La última película de Mike Mills.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Little White Lies

INSDUSTRY MAGAZINE

COLDPLAY: LA MÁQUINA DEL TIEMPO.



Este post se lo debo a dos grandes y queridos amigos, Annette Barriola y a Luisja Funes, que sin saberlo me movieron escribirlo. No es una reseña periodística, al contrario, es una página arrancada de un diario que no llevo.




Para Ney, Gaby y Kae.

COLDPLAY: UNA MÁQUINA DEL TIEMPO.

Hace diez años me vine por un año a Europa, en una suerte de sabático. Aún el ipod no había nacido. Todavía iba a las tiendas de discos a comprar música. Escuchaba los cd’s de arriba abajo y de abajo arriba. Dejaba los temas en repeat. Durante ése año varios discos marcaron mi estadía en Catalunya y en Inglaterra: Abbey Road, Amnesiac y Parachutes. El último, era el primer larga duración de una “bandita londinense” que prometía ser genuina y talentosa. Sólo había visto un video en el que un hermosos chico rubio corría con un poncho por una lluviosa y gris playa inglesa, cantando: “for you I bleed myself dry;” qué puedo decir, fue amor a primera vista.

Parachutes lo devoré, fue entre otras cosas, el soundtrack de un profundo amor a distancia fracasado, y también el sonido de un año inolvidable. Cuando regresé a Venezuela a seguir la universidad, en un aula totalmente distinta porque había congelado el semestre, me encontré con gente nueva y maravillosa, entre las que se destacaron tres chicas, que también habían vivido Parachutes y que rápidamente se convirtieron en amigas de la vida, para toda la vida. Coldplay nos había unido y pronto lanzarían su segundo disco.

En el verano del 2002 estaba en una Virgin Store de la hermosa ciudad de San Francisco. Ahí me compraría varios discos de los cuales recuerdo algunos clásicos como: Rubber Soul, Revolver, un compilado de Bob Marley y Gladiators, y el que no puedo olvidar con facilidad: “A Rush of Blood to the Head.” La primera canción que dejé en repeat en ésas vacaciones, no fue Clocks, ni The Scientist, fue “Green Eyes,” y sin seguir el orden de sus tracks fui escuchándolo detenidamente, una y otra vez, pensaba que estos chicos de Londres serían los herederos de mi banda favorita: Radiohead (vaya si me equivoqué, el amor es ciego).

Cuando volví a clases, al imborrable quinto semestre de carrera, mis niñas Ney, Gaby y Kae estaban igual que yo, así que en nuestros “breaks de estudio” escuchábamos Coldplay y fantaseábamos que hacíamos remakes graciosos de alguno de sus videos, y cómo no con Chris Martin y Guy.

A diez años de estos recuerdos vuelvo a estar en Europa, pero mucho ha cambiado. Ahora con Ipod, Itunes y Spotify, consumiendo música sin darle tanto a repeat. “La bandita inglesa” se convirtió en COLDPLAY, una banda en mayúsculas que sin duda decidió heredar el legado de U2 y no el de mi predilecta agrupación de Oxford, asumiendo toda la rimbombancia comercial que ello amerita y que hizo que me desencantara de ellos. Pero por todos los recuerdos, se me hacía imposible dejar de ir la presentación que hicieron el miércoles 26 de octubre en la Plaza las Ventas de Madrid, de su último álbum Mylo Xyloto. Y tengo que confesar que no me arrepiento, porque además de ver una puesta en escena excepcional, un despliegue en el escenario brutal, y un experimento interactivo dirigido por el admirable cineasta Anton Corbijn, el cuarteto liderado por mi crush eterno, hizo que viajara en el tiempo, que me trasladara a ésos momentos que atesoro en mi memoria y los reviviera vívidamente. Mis niñas no estuvieron físicamente conmigo, pero (y con todo lo cursi que sé que suena), me acompañaron a un concierto que por hora y media me hizo sentir la felicidad de otros tiempos, sorprendiéndome con los temas viejos, de ésos dos discos que son parte de la banda sonora de nuestra existencia. Gracias a Coldplay por hacer lo imposible posible: viajar en el tiempo, diluir un océano y sentir cerca a mis queridas niñas.


jueves, 4 de junio de 2009

Sí, la nostagia sigue siendo igual que antes



Mientras veía el trailer de Rockband no pude dejar de pensar en esta nota de prensa del Gabo:

Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones –la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores– teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, por las mismas razones. Los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de ochenta años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó, como si tuviera quince: “La felicidad es una pistola caliente”. Un chico que estaba viendo el programa dijo: “A mí me gustan todas”. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó, como si tuviera ochenta años: “Porque el mundo se está acabando”.

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había solo dos discos: una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres; “Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart. Alvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé, desde entonces, en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un sólo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí, sino también la casa y los árboles de fondo, y hasta las sillas en que estábamos sentados. El Ché Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, simpre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con mas de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto –al frente de los Beatles– era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto poblado de imágenes hermosas. En “Lucy in the sky”, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En “Eleanor Rigby” –con un bajo obstinado de chelos barrocos– queda una muchacha desolada que recoge el arroz, en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. “¿De dónde vienen los solitarios?”, se pregunta sin respuesta. Queda también el padre MacKensey escribiendo un sermón que nadie ha de oír, lavándose las manos sobre las tumbas, y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, que es algo que se dice con demasiada facilidad de todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros, es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

Gabriel García Márquez: NOTAS DE PRENSA 1980-1984